miércoles, 4 de abril de 2007

La Oveja Negra de la familia

A Carlos Peña no lo conozco. No he hablado con él. Se que es rector de la Portales y que escribe en El Mercurio, nada más. Puede que sea pesado, antipático, “concerta”, seudo socialista, progresista y todo eso, pero a mí me importa un rábano. A Carlos Peña lo leo y punto.
La primera vez que incursioné por sus letras fue el mismo momento que torcí una y otra vez la portada del diario para asegurarme de que en el tope de la página efectivamente dijera “El Mercurio” .
Acostumbrado a columnistas de la talla de Hermógenes Pérez de Arse, Álvaro Bardón, Cristobal Orrego, Max Colodro, Joaquín Lavín, entre otros; no podía creer lo que veían mis ojos: una defensa casi propagandística al gobierno de Ricardo Lagos. ¿Escuchó bien? Dije defensa a un gobierno de la Concertación en nada más y nada menos que El Mercurio.
No pasó mucho tiempo cuando comencé a observar las repercusiones de sus palabras. Un par de cartas al director del medio me dejó en claro que al lector clásico de este histórico diario no le gusta para nada la idea de que un trasgresor intelectual le perturbe su tranquila lectura dominical (salió verso). De este modo, se puede decir que Peña es como un punto negro entre tanto puntito blanco.
Pero no es para alarmarse tanto. Lo de la defensa al gobierno de Lagos fue una de las tantas opiniones a favor de una situación puntual. De hecho, algo que me gusta de este columnista es su capacidad de ser objetivo y fanático a la vez. Lo de objetivo es entendible. No hay nada menos atractivo que un opinólogo que se base en teorías baratas y no en hechos puntuales. Que se sienta como algo que deambula por sobre las sombras de todos los demás, observando desde arriba, como un ser superior que tiene que instruir a los pobres incultillos que andan por la vida. Bueno, algo de esto tiene Peña (es típico de todos los columnistas), sin embargo, lo que realmente me gusta es que no es crítico sino que analítico. Y de esto es fanático.
Los análisis, por no presentar gran dosis de crítica, incluso en momentos en que los burócratas lo están haciendo muy mal, caen como patada en el traste a aquellos que sólo quieren ver de rodillas al gobierno de turno. Pero es simple.
Criticar es lo más fácil que puede hacer un columnista. Es cosa de leer un poco los diarios de la semana, ver las cosas negativas que acontecieron y luego ponerse a resumir aquello que todos sabemos que anda mal.
Analizar es más complejo. Sobretodo si se sabe que el que está analizando lo hace desde el bando simpatizante. Pero no lo hace con simpatía. Cuando las cosas no andan bien, Peña no escatima en ser negativo con su análisis. Pero como en sus opiniones no hay crítica dura, descalificaciones, calificaciones, destrucción, etcétera, parece un acérrimo defensor del Gobierno.
Sin embargo, si uno pasa la cuenta pede observar que Carlos Peña ha escrito de todo; incluso de fútbol. Y todo lo ha hecho con la misma técnica que mezcla la filosofía política gringa, la escuela de Frankfurt su cosecha propia y algo de soberbia.

Lo que me carga de Peña

No puedo soportar los paréntesis. Este columnista tiene la mala costumbre de poner mucho entre paréntesis lo cual perturba mi tranquila lectura. No es que me molesten en sí los paréntesis, sino que encuentro que Peña los hace más complicados. Cuando uno hace uso de esta herramienta es para dejar algo en claro, pero no para oscurecer lo que se quiere explicar. Peña hace justamente eso. Usa los paréntesis para complicarte la lectura, pues generalmente es para establecer una idea que sólo él y un par de intelectuales más le logran entender.
Sin embargo, esto es lo de menos. Si le sumamos aquella foto con la cabeza apoyada en la mano que nos invitaba a seguir a esta especie de gurú, la primera impresión que a uno le daba era la de un antipático. Y eso es él. Un verdadero antipático para los que critican, para los que no les gusta lo nuevo, lo distinto, lo trasgresor sin herir a nadie. En resumen: La oveja negra de la familia mercurial.

No hay comentarios: