
Por Gustavo Tarud
En estos primeros días de marzo el calor me ha hecho recordar aquellos primeros días de enero. Sin embargo, ha sido sólo el calor lo que me hace volver en el tiempo a ese preciado mes. Los escolares corriendo, los tacos, los endeudados, las fiestas universitarias y ahora el Transantiago me dan el bofetazo drástico que me devuelve de inmediato a la estresante realidad marzista.
Con una caja blanca bajo el brazo y apoyado en uno de los pilares del paradero atestado de gente, el heladero hace sonar las monedas de su mano izquierda. En el nuevo sistema de transportes este clásico personaje de las micros amarillas tiene ahora que ganarse la vida culebreando por las cientos de personas que esperan la troncal 405 en la Escuela Militar. Las caras de angustia, de incertidumbre, de cansancio no son obstáculos para este hombre, de tez oscura, que se da el lujo de sonreír mientras todos piensan lo peor, vaya alzando la voz ofreciendo sus manjares: “shocolito fruna, piña, shirimolla sírvase un helao pa´ la se´ pa´ la calol…”
Pocas veces se le ve quieto, en algunas ocasiones se para en las pisaderas de las antiguas amarillas (hoy enchuladas) para saludar a un viejo amigo chofer, pero sólo se asoma. En otras, detiene en seco su accionar con tal de mirar estupefacto a una de las tantas minifaldas que por esas horas transitan de un lado para otro.
Se para en la banca mirando el paisaje, se sienta, se vuelve a parar, bromea con un taxista discutiendo de fútbol. Todo lo hace con el típico andar del choro rápido, “puntudo” que domina perfectamente el lugar.
Su mundo es ajeno al de los pasajeros, al de los apretados, al de los desesperados. Al contrario, su mundo es de aquellos beneficiados por el Transantiago.
Pasan las horas y los helados se agotan, el calor del medio día fue tan fuerte que no le quedan más proviciones para seguir vendiendo, sin embargo, eso no es lo que en verdad le preocupa. Lo que lo pone inquieto es que llegada la noche tendrá que dejar su puesto de choro de puerto para pasar a ser un ciudadano común. Volver a casa luego de una jornada de trabajo ya no es como antes. Lo angustia pensar que dentro de un rato ya no podra subir a la micro del chofer amigo y sentarse junto a él para conversar hastas llegar a su casa. Ahora eso cambió. Toma su billetera y mira fijamente su tarjetita azul con la palabra bip en el centro. Ahora sabe que de heladero pasará drásticamente a pasajero...